
Con la llegada de la primavera, muchas personas disfrutan del aumento de temperaturas, los días más largos y el paisaje en flor. Sin embargo, esta estación también trae consigo un problema que crece cada año: las alergias respiratorias. La mayor presencia de pólenes, sumada a los cambios ambientales y la contaminación, provoca que los síntomas se multipliquen y que quienes ya padecen cuadros alérgicos los sientan con más intensidad.
La alergia es una reacción desmedida del sistema inmunológico frente a sustancias que, en condiciones normales, no deberían generar ningún problema. Estas sustancias, conocidas como alérgenos, incluyen el polen, los ácaros del polvo, la caspa de mascotas o algunos alimentos. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre 400 y 600 millones de personas sufren algún tipo de alergia en el planeta, y se estima que en 2050 la mitad de la población mundial podría estar afectada.
En Argentina, la Asociación Argentina de Alergia e Inmunología Clínica (AAAeIC) señala que los pólenes de plátanos, álamos, tilos y diversas gramíneas se liberan en altas concentraciones desde septiembre, lo que explica la mayor frecuencia de consultas en esta época. Los especialistas destacan que los cambios en la temperatura, los vientos y la contaminación urbana también potencian la duración e intensidad de los síntomas.

Los signos más comunes de las alergias respiratorias incluyen estornudos repetidos, congestión nasal, secreción acuosa, picazón en nariz, garganta y ojos, lagrimeo y enrojecimiento ocular. En casos más severos, se suman tos persistente, silbidos al respirar y dificultad para respirar, manifestaciones propias del asma. Estos cuadros no solo afectan la salud física: también repercuten en el descanso, la concentración y el rendimiento laboral o escolar.
Existen distintos tipos de alergias, que se clasifican según el órgano afectado o el alérgeno que las desencadena. Entre las más frecuentes se encuentran las respiratorias, como la rinitis y el asma, pero también hay alergias cutáneas, alimentarias, medicamentosas e incluso a picaduras de insectos. La más grave es la anafilaxia, una reacción rápida y peligrosa que puede comprometer la vida si no se trata de inmediato.
El diagnóstico adecuado resulta clave para identificar qué sustancia provoca la reacción. Para ello, los especialistas recomiendan estudios específicos como pruebas cutáneas o análisis de sangre. Una vez identificado el alérgeno, el tratamiento puede incluir antihistamínicos, corticoides nasales, aerosoles broncodilatadores o inmunoterapia con vacunas, según la gravedad de cada caso. La automedicación está desaconsejada, ya que puede enmascarar los síntomas o complicar el cuadro.

Además del tratamiento médico, la prevención cumple un rol central. Algunas medidas útiles incluyen evitar la exposición en días de alta polinización, cerrar ventanas y ventilar en horarios de menor concentración de polen, bañarse al regresar de la calle y mantener la limpieza en los espacios interiores. El uso de fundas antiácaros, la reducción del polvo y la eliminación de objetos que acumulan alérgenos, como alfombras y peluches, también ayudan a disminuir los síntomas.
La OMS advierte que las enfermedades alérgicas, como la rinitis y el asma, provocan alrededor de 250.000 muertes anuales en el mundo, muchas de ellas evitables con un tratamiento correcto y a tiempo. Por eso, los especialistas insisten en consultar de manera temprana al médico alergólogo y seguir un plan de seguimiento personalizado. De esta manera, es posible disfrutar de la primavera con menos molestias y con una mejor calidad de vida.
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18 Septiembre 2025