
Juan C. Riccelli
A tan solo 190 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, existe un rincón casi secreto que parece resistirse al paso del tiempo. Villa Grisolía, también conocida como Achupallas, es un pueblito del partido de Alberti donde viven apenas un centenar de personas, y donde la calma manda. Con calles de tierra, casas antiguas y una vida que transcurre sin apuros, esta localidad ofrece la escapada ideal para quienes buscan paz y autenticidad.
La historia del pueblo es tan peculiar como su presente. Originalmente llamado Villa Grisolía, en honor al estanciero Pascual Grisolía que impulsó su fundación a fines del siglo XIX, el lugar sumó un segundo nombre en 1909 con la llegada del tren: Achupallas, denominación que identificó a la estación ferroviaria que conectaba la zona con el resto del país. Durante décadas, ese ramal alimentó el crecimiento económico y poblacional del lugar, hasta su cierre definitivo en 1977. Desde entonces, el ritmo de la localidad se desaceleró, su población disminuyó drásticamente y el pueblo quedó congelado en el tiempo.
Recorrer Villa Grisolía a pie resulta casi inevitable. Todo queda cerca, y el silencio sólo lo interrumpe el canto de los pájaros o alguna charla entre vecinos. Las paradas obligadas son tres: la antigua estación de tren, símbolo de lo que fue un pasado vibrante la Capilla Nuestra Señora de Luján, centro espiritual y punto de encuentro del pueblo y la vieja fábrica, cuyos muros guardan las huellas de otra época.
Juan C. RiccelliTambién hay que prestar atención a las construcciones de adobe, los ranchos de barro y las casas que evocan otras décadas. Cada rincón respira historia y sencillez. Y como broche del paseo, el visitante no puede irse sin conocer el Boliche de Moro, un clásico bodegón donde se sirven platos caseros y se arman partidas de truco, charlas largas y hasta peñas improvisadas. Allí, cada aniversario del pueblo se celebra con el Festival de la Amistad, una fiesta popular que convoca a vecinos y visitantes con música, comida y alegría.
Desde la Ciudad de Buenos Aires, el camino es sencillo y accesible en auto. Primero se toma el Acceso Oeste hasta Luján y luego la Ruta Nacional 5 en dirección a Chivilcoy. Después, un desvío por la Ruta Provincial 51 conduce directamente a Villa Grisolía, cruzando el río Salado. El viaje dura unas dos horas y media, dependiendo del tránsito.
Villa Grisolía ofrece una experiencia distinta: alejarse del ritmo frenético y reconectar con lo simple. Con sus paisajes llanos, su gente amable y su historia latente en cada esquina, este pueblito de Buenos Aires demuestra que a veces no hace falta ir muy lejos para encontrarse con lo esencial.
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21 Julio 2025