
En el vasto paisaje del norte neuquino, donde la tradición se transmite de generación en generación, la figura de Atilio Alarcón se consolida como una de las voces más representativas del canto popular. A través de sus cuecas y balses, el artista construye un relato profundo sobre la vida criancera, con letras que reflejan costumbres, desafíos y la identidad de quienes habitan el ámbito rural.
Nacido y criado en Curaco, un paraje cuyo nombre significa “agua de la piedra”, Alarcón creció rodeado de naturaleza, historias familiares y música. En ese entorno, marcado por bardas y jarillales, su familia desarrolló un almacén de ramos generales que se convirtió en punto de encuentro para la comunidad. Allí comenzó a forjarse una sensibilidad artística que más tarde se transformaría en canciones.
El cantor proviene de una familia numerosa. Sus padres, Teresa del Carmen Castillo y Carlos Alarcón, criaron a nueve hijos en un contexto donde la música ocupaba un lugar central. Su madre, cantora, marcó el camino artístico, mientras que sus hermanos también cultivaron el vínculo con la guitarra.
Desde joven, Atilio recibió el impulso de su hermano Adriano para animarse a cantar, mientras que Ramón le facilitó su primera guitarra. Ese instrumento, sumado al regalo que recibió de su hermana mayor —la primera maestra de Curaco—, terminó de consolidar su vínculo con la música.
En su casa, la radio funcionaba como una ventana al mundo. Escuchaban emisoras de Chile, tangos y chacareras, lo que enriqueció su formación musical. Entre sus referentes, Alarcón menciona a Antonio Machado y Atahualpa Yupanqui, figuras que influyeron en su forma de entender la poesía y el canto popular.
Gob de NeuquénEl repertorio de Atilio Alarcón se caracteriza por su fuerte anclaje en la vida cotidiana del campo. Sus letras describen con precisión escenas como las invernadas, veranadas y el trabajo de arreo, además de visibilizar el rol de la mujer campesina, muchas veces ausente en los relatos tradicionales.
El propio artista define sus composiciones como paisajes y vivencias que buscan transmitir la esencia de su comunidad. Con un lenguaje directo y respetuoso, logra que sus canciones conecten con quienes comparten esa realidad.
Entre sus obras se destaca “No le afloja la cola a la vaca”, una cueca inspirada en una experiencia real: el rescate de un animal empantanado junto a un amigo. Este tipo de relatos, cargados de autenticidad, forman parte del valor cultural de su producción.
Gob de NeuquénAlarcón no solo canta sobre el presente, sino que también recupera episodios históricos que marcaron a la región. En sus recuerdos aparece la mina de San Eduardo, cercana a Chos Malal y Curaco, donde en 1951 una explosión provocó la muerte de seis trabajadores y el posterior abandono del lugar. Hoy, ese sitio permanece como símbolo de memoria colectiva.
Su primera presentación tuvo lugar en un salón de baile en Buta Ranquil, y luego participó en la Fiesta de la Tradición en Chos Malal, donde recibió una gran respuesta del público. Desde entonces, mantuvo un vínculo constante con la música, entendida como una herramienta para expresar aquello que muchas veces no encuentra otras formas de decirse.
Con una obra que circula entre generaciones, Atilio Alarcón reafirma su compromiso con la cultura popular. Sus canciones, cargadas de identidad y pertenencia, no solo narran historias, sino que también preservan la memoria y el espíritu del norte neuquino.
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24 Abril 2026